El libro ¿en vías de extinción?

Escrito por: Carina Cabo

Colaboradora de iiGOBinn desde Argentina. Doctora en educación (UNR). Profesora de Filosofía/ de Ciencias de la educación (UNR) Docente grado y posgrado universitario.

El libro permite describir la historia y sus cambios. Es un elemento emblemático que ha atravesado nuestras vidas desde los primeros años de la infancia. Por un lado, es una herramienta pedagógica usada diariamente por los docentes y los estudiantes; y, por otro, es usado por todo lector que desee tener un pasatiempo o necesita información académica.

Surgió en los inicios de la Modernidad cuando J. Gutenberg (Alemania, 1453) creó la imprenta, más precisamente, un sistema completo que permitió producir en masa tipos de metal duraderos, reorganizarlos de manera flexible y utilizarlos para imprimir cientos de copias de una vez en cuestión de días. Hasta entonces, había distintos soportes para la transmisión de usos, saberes y prácticas, pero ninguno tan potente como el libro. Posteriormente, en 1475, Peter Schöffer mejoró el sistema y utilizó matrices de acero, en lugar de las de cobre o latón que utilizaba Gutenberg, consiguiendo así unos tipos con caracteres más definidos y de mayor calidad. Dos centurias después, durante el siglo XIX, se concretó un dispositivo de prensa accionada por vapor; la prensa de cilindro y la rotativa. Y, ya en 1871, Richard March Hoe perfeccionó la prensa de papel continuo que producía 18.000 periódicos por hora.

Históricamente, los pueblos primitivos divulgaban sus tradiciones a través de los cantares. (cosmogonías, mitos) y con la invención de la escritura, (3000 AC) impregnaron sus ideas en piedra, luego en otros elementos, tales como bambú y madera en Asia. En China, por ejemplo, se utilizó la seda como soporte alternativo a ambos desde el 400 a.C. hasta el 900 d.C. En otros lugares, como la Mesopotamia, se usaba la arcilla o, en Egipto, el papiro, elemento elaborado a partir de una planta acuática, un junco palustre, muy común del río Nilo. . El bronce, el hueso y el caparazón de tortuga también fueron soportes de signos escritos, pero su empleo fue limitado.

El papel ingresó desde China a Europa en el siglo XII. Se le atribuye su invención a Cài Lún, un alto funcionario de la corte del emperador He, de la dinastía Han Oriental, en el año 105, aunque se cree que el material ya se utilizaba cien años antes debido a que la seda era muy cara y el bambú muy pesado. Este material – el papel- fue el factor más importante para el desarrollo de la imprenta ya que el papiro y el pergamino no resultaban apropiados para imprimir. La fragilidad del primero y el tejido fino del segundo resultaban muy onerosos.

En occidente, la fabricación de papel se extendió durante los siglos siguientes por toda Europa. De hecho, el libro impreso como sustituto del libro manuscrito fue el gran invento de la modernidad y, a su vez, la reforma protestante fue posible, en mayor medida, consecuencia de la libre interpretación de la Biblia propiciada por la imprenta provocando cambios, no sólo religiosos, sino sociales. Un dato interesante es que entre los años 1450 y 1500 se imprimieron más de 6.000 ejemplares de obras diferentes; en este sentido, la imprenta transformó la difusión del saber, es decir, no sólo abarató costos, sino que horizontalizó y masificó la información. De hecho, durante varios siglos previos a su invención, el precio de un manuscrito costaba el salario de seis meses, pero, en poco tiempo, un libro estaba más cerca de la paga de seis días, y pocas décadas después, del salario de seis horas.

La imprenta también permitió divulgar saberes cotidianos accesibles a quienes sabían leer. Duby y Perrot, en su colección, Historia de las mujeres, (1993), T. 5, señalan que surgieron libros con recetas de cocina, información médica y magia natural. En ese tiempo, surgieron muchas obras de cosmética y belleza femenina, instando al blanqueamiento de la piel, a engordar con mazapán o al aclaramiento del pelo con limón o con mezclas más elaboradas, tales como el sulfuro o azafrán. La moda era un rostro de marfil, con toque rojo en las mejillas, las orejas y el mentón que daban impresión de salud. Sin embargo, se solía ver exceso de capas rígidas de maquillaje sobre el rostro de las mujeres lo que muchas veces les impedía sonreír; de hecho, señalan que algunas de ellas eran verdaderas estatuas de madera. Los autores retoman un Tratado del siglo XVI que desalentaba a las mujeres a usar mercurio y vitriolo en sus maquillajes porque era corrosivo para la piel y planteaba que quienes lo habían aplicado en sus caras llegaron a tener los dientes negros y fuera de las encías.

Hoy por hoy, Internet mediante, cambió la forma de leer y escribir y, a su vez, la visión del mundo. En consecuencia, la lectura en el espacio virtual, ¿reemplaza al libro, producto de la Modernidad?

Muchos fueron los que vaticinaron que la gran memoria del mundo sustituiría al texto escrito. Sin embargo, a mi parecer, el libro sigue siendo uno de los medios más importantes para la transmisión del saber. Y, más allá de la comodidad de acceder a toda la información virtual que permite el ciberespacio, quién haya leído un libro alguna vez no puede negar el placer que el texto escrito transmite y la sensación única que el soporte de papel admite. Lo nuevo no necesariamente llega para desechar lo viejo.

Las ventajas del libro digital es que permite que accedan nuevas audiencias, los autores pueden publicar a bajo costo y cualquiera puede “bajar” los textos que le interesen sin gastos onerosos. Quizás sería muy eficaz que, desde muy pequeños, los niños aprendan a buscar y elegir en la web, un tanto caótica, aquello que les gusta o necesitan saber.

Sin embargo, hoy por hoy, sigue habiendo tensión entre texto en papel y texto digital. En algunas plataformas, cuando inicias una búsqueda de libro on line, te sugieren comprar el objeto en la librería más cercana.

No se puede negar la inmediatez y la facilidad que permiten los medios digitales; sin dudas, leer es más fácil. Por tanto, libros en papel o. digital no se contradicen, bien podría el segundo ser un complemento del primero, un instrumento con todas sus ventajas en esta nueva época.

En definitiva, ninguno de los presagios planteados se cumplió, el libro no enferma ni Internet vino a extinguir al formato papel, sólo es necesario aprender a usarlos para buscar aquello que realmente nos interesa, incursionar en nuevos caminos, y, por qué no, mejorar la calidad de vida. Es sólo cuestión de navegar por nuevos mares.